Padre Thomas Rosica, C.S.B.
7 de abril de 2011
Museo de Caballeros de Colón
New Haven, Connecticut
Un cálido fin de semana de agosto de 2004, mientras trabajaba en nuestro nuevo estudio de Toronto de Salt and Light Catholic Television Network en Canadá, (un proyecto inspirado por Juan Pablo II), dos pantallas en la sala de control principal mostraban dramas humanos muy contrastantes que tenían lugar en dos escenarios del mundo. Una cadena de televisión transmitía escenas de los Juegos Olímpicos de Atenas, exhibiendo y exaltando la agilidad y belleza del cuerpo humano en toda su juventud. Otro monitor mostraba el despliegue de escenas muy diferentes que se desarrollaban en un famoso santuario católico enclavado en los Pirineos al sur de Francia; no mostraba el espíritu deportivo y físico como en Atenas, sino el debilitamiento, el sufrimiento, la desfiguración y el dolor que son una parte tan importante de la peregrinación a Lourdes. Y el actor clave en este patético momento era un Pontífice de 84 años de edad, abatido sobre su reclinatorio mientras oraba ante la imagen de la Virgen que apareció en Lourdes hace más de 150 años.
El contraste de las dramáticas escenas de ese fin de semana de agosto fueron momentos únicos que ofrecían al mundo algunas verdades profundas sobre la vida y la muerte, la juventud y la vejez; el costo del compromiso y la total entrega. Con el paso de tiempo, Atenas y sus gloriosos medallistas van y vienen. Lourdes y su excepcional peregrino permanecerán grabados en la memoria y el corazón de los peregrinos y los espectadores de todo el mundo que, al ver esas imágenes, se dieron cuenta de que Juan Pablo II comenzaba el dramático acto final de un brillante pontificado de 27 años. Era un actor que conocía el poder de los gestos y los símbolos, y se permitió a sí mismo ser una especie de espectáculo para el mundo.
Como padre afectuoso y maestro cuidadoso, el Papa Juan Pablo II indicó puntos de referencia sólidos y seguros indispensables para todos, especialmente para los jóvenes. El contraste entre el vigor físico de Juan Pablo II al comienzo de su pontificado y su estado al final del viaje, fue impresionante. Ahora que la lucha ha terminado, que el telón ha caído, que la carrera ha sido ganada, que la victoria celestial es suya y en vísperas de su beatificación en Roma el 1o. de mayo de 2011, debemos hacer un balance de las lecciones que nos enseñó, sobre todo durante los últimos años de su vida.
Recordando el principio
Yo era un estudiante universitario de diecinueve años de edad cuando el 16 de octubre de 1978 los Cardenales de la Iglesia Católica Romana eligieron a Karol Wojtyla como el 264 sucesor del Apóstol Pedro. Llamaron a Roma a un hombre de un país lejano, un atleta juvenil que cautivó al mundo y a la Iglesia. En la época de su elección, André Frossard, un conocido periodista francés, escribió: "Este no es un Papa de Polonia, es un Papa de Galilea". La prensa lo apodó el "atleta de Dios", y más tarde, "el astronauta de Dios", porque viajó una distancia equivalente a más de tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna en más de 100 viajes internacionales o visitas pastorales, como él los llamaba. Los últimos veintisiete años, cumplió de manera extraordinaria con su papel de "Sucesor de Pedro". Pero más aún, era el "sucesor de Pablo", llevando con sus palabras a la Iglesia de las orillas del río Tíber en Roma hasta los rincones más recónditos de la tierra.
Sobre el sufrimiento humano
Uno de los escritos de Juan Pablo II más hermosos y que no se cita con frecuencia, fue su carta apostólica Salvifici Doloris de 1984: “El sentido cristiano del sufrimiento humano". Siguiendo al Apóstol Pablo y toda la tradición católica, el difunto papa mantuvo a lo largo de su vida que precisamente en el sufrimiento Cristo mostró su solidaridad con la humanidad, y en él podemos crecer en solidaridad con Cristo, que es nuestra vida.
En Salvifici doloris el sufrimiento es la consecuencia del pecado, y Cristo acepta esta consecuencia, en lugar de repudiarla. Al aceptar el sufrimiento, lo comparte plenamente, asume la consecuencia del pecado en sí y sobre sí mismo. Lo hace por amor a nosotros, no sólo porque desea redimirnos, sino porque desea estar con nosotros, para compartir lo que compartimos, para experimentar lo que experimentamos. Y es este amor compartido, este sufrimiento compartido en el amor, lo que completa y perfecciona la relación rota en el pecado, y así nos redime.
El Papa Juan Pablo II nos enseñó que el sentido del sufrimiento cambia fundamentalmente en la Encarnación. Aparte de la Encarnación, el sufrimiento es la consecuencia del pecado. Ofrece oportunidades para conocernos a nosotros mismos, para el crecimiento personal, y para demostrar el amor práctico por los demás, pero éstas son incidentales. Sin embargo, debido a la Encarnación nos convertimos en partícipes en el Cuerpo de Cristo. Nuestro sufrimiento se convierte en su sufrimiento, y se convierte en una expresión de amor redentor.
Porque él fue el líder de mil millones de católicos romanos, porque fue el primer pontífice de la época satelital y de Internet, que llegó a miles de millones más, y porque era Juan Pablo II, quien gobernó la Iglesia durante más de 26 años, en esta experiencia pública de sufrimiento se encontró un enorme poder. Y sin duda él lo sabía. En 1981, después de recuperarse de la herida de bala que casi le quitó la vida en la Plaza San Pedro, Juan Pablo declaró que el sufrimiento, como tal, es uno de los mensajes más poderosos en el Cristianismo.
Durante los últimos años de su pontificado, Juan Pablo II llevó de nuevo el sufrimiento al reino de lo esperado en la vida humana. Todo el mundo pudo ver que su espiritualidad le dio una fuerza interior, una espiritualidad con la que también se puede vencer el miedo, incluso el miedo a la muerte. ¡Qué increíble lección para el mundo! Su lucha con los efectos físicos del envejecimiento también fue una valiosa lección para una sociedad a la que le resulta difícil aceptar que se envejece, y para una cultura que no ve la redención en el sufrimiento.
En 1994, conforme la edad y la enfermedad comenzaron a incapacitar a Juan Pablo públicamente, dijo a sus seguidores que había escuchado a Dios y estaba a punto de cambiar la forma en que condujo la Iglesia. "Debo conducirla con sufrimiento", dijo. "El Papa debe sufrir para que todas las familias y el mundo entero vean que hay, digamos, un evangelio mayor: el evangelio del sufrimiento, con el que debemos prepararnos para el futuro".
Nada hizo titubear a Juan Pablo, incluso si la enfermedad lo debilitaba de manera oculta bajo la máscara vidriada del mal de Parkinson, y en última instancia, ni su incapacidad para hablar y moverse. En una cultura obsesionada por la juventud en la que constantemente se insta a las personas a luchar o negar los estragos del tiempo, la edad, la enfermedad, nos recordó que el envejecimiento y el sufrimiento forman parte natural del ser humano. Cuando con tanta facilidad se coloca a los ancianos y a los enfermos en asilos y a menudo se les olvida, el Papa fue un recordatorio oportuno y poderoso de que nuestros padres y abuelos, los enfermos, los discapacitados y los moribundos tienen un gran valor. Durante los últimos años muchos jóvenes me han confiado que en su familia fueron "despojados" de su sus abuelos y que en el debilitamiento y el sufrimiento públicos de Juan Pablo II, fueron testimonios del verdadero significado de la vejez y el sufrimiento. Estos últimos años, una y otra vez he escuchado de los jóvenes "Siento como si fuera mi abuelo".
Una carta a sus semejantes
En 1999, durante la preparación del Gran Jubileo, el Papa Juan Pablo II publicó su "Carta a los Ancianos". Después de sus Cartas a los jóvenes en 1985, a las familias en 1994, a los niños en 1994, a las mujeres en 1995 y a los artistas en 1999, y sin contar las Cartas que escribió cada año a los sacerdotes el Jueves Santo desde el inicio de su pontificado, escribió palabras profundamente conmovedoras de aliento a sus semejantes en la Carta a los Ancianos. No temía exponer ante los ojos del mundo los límites y debilidades que los años le pusieron encima. No hizo nada para ocultarlo Al hablar a los jóvenes, no tenía ninguna dificultad para decir de sí mismo: "Soy un viejo sacerdote". Juan Pablo II siguió cumpliendo su misión de Sucesor de Pedro, mirando hacia adelante con el entusiasmo de la juventud que no se deteriora, la del espíritu, que este Papa mantiene intacta. La carta tenía un tono muy personal, casi confidencial, y no era un análisis de la vejez. Era, más bien, un diálogo muy íntimo entre personas de la misma generación.
"El paso del tiempo", escribió el Papa en su memorable carta, "difumina los rasgos de los acontecimientos y suaviza sus aspectos dolorosos". Más aún, dice, las dificultades cotidianas pueden aliviarse con la ayuda de Dios. Además, "nos consuela el pensamiento de que, por el alma espiritual, sobrevivimos incluso a la muerte".
"Depositarios de la memoria colectiva", era el título de una parte de la Carta del Papa. Tras señalar que "en el pasado se tenía un gran respeto por los ancianos", el Papa hace notar que hoy aún es cierto en muchas culturas, "en otras, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre". Escribió: "Se llega incluso a proponer con creciente insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Por desgracia, el concepto de eutanasia ha ido perdiendo en estos años para muchas personas aquellas connotaciones de horror que suscita naturalmente en quienes son sensibles al respeto de la vida".
El Papa agregó: "Es preciso recordar que la ley moral consiente la renuncia al llamado “ensañamiento terapéutico”, exigiendo sólo aquellas curas que son parte de una normal asistencia médica, que en el caso de los enfermos graves busca principalmente para aliviar el dolor. Pero eso es muy diverso de la eutanasia, entendida como provocación directa de la muerte. Más allá de las intenciones y de las circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana".
El Papa Juan Pablo II continúa en esa carta: “El hombre está hecho para la vida, mientras que la muerte (...) no estaba en el proyecto original de Dios, sino que ha entrado sutilmente a consecuencia del pecado". "Aún cuando la muerte sea racionalmente comprensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla como algo que nos resulta 'natural'”. Nos preguntamos, dice aquí, "¿qué hay más allá del muro de sombra de la muerte?". La respuesta viene de la fe, que "ilumina así el misterio de la muerte e infunde serenidad en la vejez, no considerada y vivida ya como espera pasiva de un acontecimiento destructivo, sino como acercamiento prometedor a la meta de la plena madurez".
La Carta del Papa Juan Pablo II a los Ancianos concluye con una sección intitulada "Un augurio de vida". Escribe: "(...) me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con vosotros los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro. ... A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. ¡Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios! "Al mismo tiempo", concluye, "encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a vida! ... 'Mándame ir a ti': encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a vida! éste es el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello". ¡Qué magnífica obra de arte del Papa Juan Pablo II! No sólo escribió la letra, sino que lo demostró con su propia vida. Fuimos testigos presenciales.
La visita a Suiza
En ningún lugar fue tan evidente la fe de Juan Pablo II por los jóvenes y su tenacidad personal como el 6 de junio de 2004, menos de un año antes de su muerte, durante su visita a Berna, Suiza. En esta visita necesitaba de los jóvenes más que nunca. Antes de que el Papa llegara a Suiza, unos 40 sacerdotes y líderes laicos firmaron una carta abierta sugiriendo que el Papa renunciara debido a su edad y a su débil salud. En la pista de hielo de Berna, el estado de ánimo era muy diferente.
El pontífice luchaba en vano por pronunciar la primera frase de su discurso. Después de tres intentos para lograr que las palabras salieran de su boca, los 13,000 jóvenes aplaudieron para darle aliento. Al mismo tiempo, un miembro de la comitiva papal se acercó a él como si fuera a tomar el micrófono y dejar que otra persona leyera el discurso. El Papa dio al ayudante una palmada en la mano tomando nuevamente el micrófono y la multitud estalló en júbilo. Juan Pablo el actor jugaba con la multitud incitándola. A continuación, leyó su discurso sin detenerse. En este evento en Berna, el Papa logró no sólo hablar, sino comunicarse, algo que muchos líderes más jóvenes de la Iglesia, ¡no son capaces de hacer! La multitud reaccionó al contenido del discurso, dando al Papa una de sus mayores ovaciones cuando les recordó que él también tuvo su edad hace mucho tiempo. Aplaudieron frenéticamente con entendimiento cuando les dijo que el Cristianismo no era una ideología, un libro o un sistema, sino ante todo la persona de Cristo.
Los jóvenes suizos y los millones de espectadores del evento en televisión asimilaron la intensidad cuando el Papa, hablando de su propia vida, dijo que era algo hermoso ser capaz de "entregarse hasta el final a la causa del reino de Dios". Y enloquecieron cuando el Papa, al final de su discurso, pronunció con voz firme y clara como una campana: "Cristo te está hablando. Escúchalo". Entonces la multitud se deleitó con otro asomo del atrevimiento papal mirando cuando el Papa, reprendiendo al secretario de su obispo y gesticulando con el puño, le dijo que le devolviera el micrófono. Quería despedirse en alemán, francés e italiano, tres de las cuatro lenguas de Suiza. ¡Qué energía les entregó ese día a "sus queridos amigos jóvenes". ¡Qué energía y aliento les dio! La relación fue mutua.
El sufrimiento público
El Papa Juan Pablo II nos enseñó que la vida es sagrada, sin importar cuán dolorosa llegara a ser su propia vida. Sólo podemos imaginar la frustración y la tristeza del Papa el Domingo de Ramos de 2005, cuando no pudo descender a la Plaza San Pedro para presidir la magnífica liturgia del Domingo de Ramos (el 20o aniversario de la Jornada Mundial de la Juventud) con más de 50,000 personas presentes, jóvenes en su mayoría. En su lugar, envió un mensaje a la multitud: "Cada vez tomo mayor conciencia de cuán providencial y profético ha sido que precisamente este día, el domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, se haya convertido en vuestra Jornada. Esta fiesta contiene una gracia especial, la de la alegría unida a la Cruz, que resume en sí el misterio cristiano".
En lugar de ocultar sus debilidades, como la mayoría de las figuras públicas lo hacen, el Papa Juan Pablo II permitió que todo el mundo viera lo que sucedía. El sufrimiento y la muerte de este Papa no tuvieron lugar en privado, sino ante las cámaras de televisión y del mundo entero. En el acto final de su vida, el atleta quedó inmovilizado, su voz distintiva, silenciada en pleno auge y la mano que produjo voluminosas encíclicas, ya no pudo escribir. La homilía final de Juan Pablo II fue un icono de las últimas palabras de su Maestro Jesucristo a Simón Pedro: "Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras" ...Después de ello [Jesús] le dijo: "Sígueme" [Juan 21,18-19].
El sufrimiento puede ser redentor. El peor dolor y debilitamiento pueden liberar lo mejor de la gente. En el contexto de una Cultura de la Muerte, donde la vida es tan poco valorada y la eutanasia aceptada está en nuestras puertas, el sufrimiento y la muerte de Juan Pablo II dieron un nuevo significado y premura al Evangelio de la Vida en toda su angustiosa belleza.
Muchos católicos y no cristianos vieron el sufrimiento del Papa como algo parecido a la agonía de Jesús mismo, y ni Juan Pablo ni los que lo rodeaban desalentaron esta comparación. Cuando hace unos años se le preguntó si consideraría la posibilidad de renunciar, según se dice, Juan Pablo II contestó: "¿Acaso Cristo bajó de la cruz?" Sus colaboradores cercanos dicen que el debate sobre su capacidad para administrar la Iglesia, como si él fuera el director general de una sociedad laica, en esencia está fuera de lugar. Este Papa no está haciendo un trabajo, está llevando a cabo una misión divina, y su dolor está en el núcleo.
La última noche del Viernes Santo
Uno de mis recuerdos más vívidos de la última semana de vida de nuestro difunto Santo Padre el Papa Juan Pablo II, es durante el Vía Crucis del Viernes Santo en 2005, en el que participó observando el servicio que se desarrollaba en el Coliseo por televisión desde su capilla. Estábamos transmitiendo ese momento desde nuestro centro de difusión en Toronto. La cámara de televisión en su capilla estaba detrás de él para que no se distrajera de participar en esta ceremonia en la que siempre participó personalmente. John Foley, quien entonces era arzobispo, estaba en Roma comentando en inglés para la televisión, leyendo las provocativas meditaciones preparadas por un cierto Cardenal Joseph Ratzinger.
En algún momento hacia el final del Camino de la Cruz, alguien puso un crucifijo más bien grande en la rodilla del Santo Padre, y él estaba mirando con cariño la figura de Jesús. Con las palabras, "Jesús muere en la Cruz", el Papa Juan Pablo II atrajo el crucifijo hacia sí y lo abrazó. Nunca olvidaré esta escena. Los que estábamos trabajado en la sala de control principal en Toronto teníamos lágrimas en los ojos. ¡Fue una homilía increíblemente poderosa sin palabras! Al igual que Jesús, el Papa Juan Pablo II abrazó la cruz, de hecho, abrazó la cruz de Jesucristo la noche del Viernes Santo.
La muerte de un patriarca
En sus últimas horas durante la octava de Pascua, una nueva generación deseaba mostrar que había comprendido sus enseñanzas y se reunió en silenciosa oración en la Plaza San Pedro y en muchos otros lugares alrededor del mundo. Decenas de miles de jóvenes estaban conscientes de que su muerte era una pérdida: estaba muriendo 'su' Papa, a quien consideraban como 'su padre' en la fe". Aunque devastado y encorvado al final de su peregrinación terrena, Juan Pablo II cruzó el umbral de la historia, de pie, como un gigante.
Varias horas antes de su muerte, las últimas palabras audibles del Papa Juan Pablo II fueron: "Déjenme ir a la casa del Padre". En el íntimo entorno de la oración, mientras se celebraba Misa a los pies de su cama y la multitud de fieles cantaba en la Plaza San Pedro, murió a las 9:37 pm del 2 de abril. A través de su pasión pública, su sufrimiento y su muerte, este sacerdote santo, Sucesor de los Apóstoles, y Siervo de Dios, nos mostró el rostro sufriente de Jesús de una manera notable.
El Papa de la santidad:
Karol Wojtyla fue un testigo extraordinario que, a través de su devoción, heroicos esfuerzos, prolongado sufrimiento y muerte, comunicó el poderoso mensaje del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Gran parte del éxito de su mensaje se debe al hecho de que fue rodeado por una nube enorme de testigos que estuvieron junto a él y lo fortalecieron a largo de su vida. Para Juan Pablo II, el llamado a la santidad no excluye a nadie, no es el privilegio de una élite espiritual.
"Lumen Gentium", la Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II señala que la santidad de los cristianos brota de la Iglesia y la manifiesta. Dice que la santidad "se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida, tienden a la perfección del amor, santificando así a los demás"(LG 39). En esta variedad, "una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios (...) y siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria" (LG 41).
Cuando la multitud comenzó a corear "Santo Subito" al final de la misa del funeral del Papa el 8 de abril de 2005, ¿qué cantaba realmente? Gritaban que en Karol Wojtyla vieron a alguien que vivió con Dios y vivió con nosotros. Él era un pecador que vivió la misericordia de Dios y el perdón. Él fue el maestro profeta que predicaba la palabra con ocasión o sin ella. Él nos miró, nos amó, nos tocó, nos curó a nosotros y nos dio esperanza. Él nos enseñó a no tener miedo. Él nos mostró cómo vivir, cómo amar, cómo perdonar y cómo morir. Él nos enseñó a abrazar la cruz en los momentos más terribles de la vida, sabiendo que la cruz no fue la respuesta final de Dios.
Declarar "beata" a una persona no es una declaración de perfección. Esto no significa que la persona no era imperfecta, ciega, sorda o pecadora. Tampoco es una evaluación de 360 grados del Pontificado o del Vaticano. Beatificación y Canonización significan que una persona vive su vida con Dios, confiando totalmente en la misericordia infinita de Dios, siguiendo adelante con la fuerza y el poder de Dios, creyendo en lo imposible, amando a sus enemigos y perseguidores, perdonando en medio del mal y la violencia, con esperanza más allá de toda esperanza, y dejando un mundo que es un lugar mejor. Esa persona permite que quienes lo rodean sepan que hay una fuerza o un espíritu que anima su vida que no es de este mundo, sino del próximo. Esa persona nos permite echar un vistazo a la grandeza y la santidad a la que todos estamos llamados, y nos muestra el rostro de Dios mientras caminamos en nuestra peregrinación en la tierra.
En la vida de Karol Wojytyla, el chico de Wadowice, que llegaría a ser sacerdote y Obispo de Cracovia, Obispo de Roma, y un héroe para todas las edades, la santidad es contagiosa. A todos nos ha tocado y hemos cambiado por ella. El Papa Juan Pablo II no sólo fue un "Santo Padre", sino "un Padre que ha sido y es Santo”. En la Misa de su funeral el 8 de abril de 2005, el Cardenal Joseph Ratzinger dijo al mundo que el Santo Padre nos estaba mirando y nos bendecía desde la ventana de la Casa del Padre”.
Mientras nos preparamos para el domingo 1º de mayo de 2011, día de la beatificación de este gran siervo, sacerdote y obispo, podemos aprender de "Papa Wojtyla" la forma de cruzar los umbrales, abrir puertas, tender puentes, abrazar la cruz del sufrimiento y proclamar el Evangelio de la Vida a los hombres de nuestro tiempo. Deseamos poder aprender a vivir, a sufrir y morir para el Señor. Oremos para obtener una pequeña parte de la fidelidad del testimonio de Pedro y la audacia de la proclamación de Pablo, que estaban tan poderosamente presentes en Karol Wojtyla - el beato Juan Pablo II. Que interceda por nosotros y por todos los que sufren en cuerpo y espíritu, y que nos otorgue el deseo de ser benditos y de ser santos.