Laboratorios de fe

Jornadas mundiales de la juventud

Padre. Thomas Rosica, C.S.B.
6 de abril de 2011
Museo de Caballeros de Colón
New Haven, Connecticut

Permítanme comenzar la presentación de hoy con las palabras que el Papa Pablo VI dirigió a la “Juventud del Mundo” el 8 de diciembre de 1965, al clausurar el Concilio Vaticano Segundo en Roma:

“La Iglesia os mira con confianza y amor. Rica en un largo pasado, siempre vivo en ella, y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que es la fuerza y el encanto de la juventud; la facultad de reunirse a lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes. Es en hombre de Cristo que os saludamos, que os exhortamos y os bendecimos.”

Aunque fueron pronunciadas por primera vez en 1965, mucho antes de que comenzaran las Jornadas Mundiales de la Juventud, estas palabras sirvieron de leitmotif para el Papa Juan Pablo II cuando lanzó estos grandes “laboratorios de fe” veinte años más tarde. Por medio de estas reuniones nacionales e internacionales, el Santo Padre lo ha dejado muy claro: los jóvenes no solo son el futuro de la iglesia, sino también su presente. Las experiencias de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Argentina, España, Polonia, Denver, Manila, París, Italia, Canadá, Alemania y Australia, y dentro de poco España, han llevado tanta vida nueva a cada uno de estos países donde se celebraron los grandes eventos.

La experiencia de Toronto

En julio de 2002, Toronto fue sede de la 17a Jornada Mundial de la Juventud. Varios cientos de miles de jóvenes de 172 naciones llegaron a la ciudad, y con ellos vino el Papa Juan Pablo II, ya anciano y débil. Toronto había perdido la sede de los Juegos Olímpicos dos años antes, pero se sacó el premio mayor con la Jornada Mundial de la Juventud, en la cual tuve el privilegio de servir como director general y Presidente Ejecutivo. Tan solo el número de personas que participaron en los cuatro días de eventos nos deja atónitos: más de 350,000 personas abarrotaron la Plaza de Exposición el jueves 25 de julio por la tarde, para asistir a la ceremonia de inauguración con el Papa Juan Pablo II.

En la tarde del día siguiente, la majestuosa Avenida de la Universidad de Toronto fue transformada en la Via Dolorosa de Jerusalén cuando más de medio millón de personas participaron en las antiguas Estaciones de la Cruz. La Canadian Broadcasting Corporation/Radio Canada nos dijo que la audiencia de la transmisión televisiva a nivel mundial fue de más de mil millones de personas en 160 países.

La espectacular vigilia a la luz de las velas del sábado en Downsview Park reunió a más de 600,000 personas, y la Misa papal de clausura del domingo, con sus efectos atmosféricos especiales, reunió a 850,000 personas en una antigua base militar en la ciudad. Aun los más cínicos no podían más que sentirse impresionados, incluso conmovidos, por los ríos de jóvenes que expresaban su alegría de ser cristianos en un mundo complejo y desgarrado.

En la plancha de cemento durante la vigilia del sábado, el Papa Juan Pablo II habló a los jóvenes: “El nuevo milenio se ha inaugurado con dos escenarios contrapuestos: el de la multitud de peregrinos que acudieron a Roma durante el gran jubileo para cruzar la Puerta Santa que es Cristo, Salvador y Redentor del hombre; y el del terrible atentado terrorista de Nueva York, icono de un mundo en el que parece prevalecer la dialéctica de la enemistad y el odio. La pregunta que se impone es dramática: ¿sobre qué bases es preciso construir la nueva época histórica que surge de las grandes transformaciones del siglo XX? ¿Será suficiente apostar por la revolución tecnológica actual, que parece regulada únicamente por criterios de productividad y eficiencia, sin ninguna referencia a la dimensión religiosa del hombre y sin un discernimiento ético universalmente compartido? ¿Está bien contentarse con respuestas provisionales a los problemas de fondo y dejar que la vida quede a merced de impulsos instintivos, de sensaciones efímeras, de entusiasmos pasajeros?”

Las imágenes provocativas que el papa evocó esa noche permanecieron grabadas en la memoria de la gente. De hecho, durante todos los mensajes que nos dio el Papa en esos días benditos, tocó todo lo que había sido un reto para nosotros durante nuestro periodo de preparación de dos años. Durante el rezo del Ángelus en Downsview Park ese domingo 28 de julio de 2002, ante una multitud de casi 850,000 y una audiencia mundial de millones por televisión, el Papa Juan Pablo II resumió de una manera hermosa los sentimientos de millones de personas que se sintieron conmovidas de alguna forma por la Jornada Mundial de la Juventud 2002:

“Mientras volvemos a nuestras casas, digo a todos, con san Agustín: "Hemos estado bien en la luz común. Nos hemos alegrado y regocijado juntos. Ahora que nos despedimos, procuremos no separarnos de Cristo."

Canadá necesitaba la Jornada Mundial de la Juventud para recuperar nuestros orígenes y nuestro legado profundamente cristianos. Solo cuando una nación y una sociedad recuperan su identidad original pueden esperar convertirse en auténticamente multiculturales, tolerantes y abiertos a otros.

La pedagogía del Papa 

Por medio de las Jornadas Mundiales de la Juventud y un ministerio pastoral de jóvenes y adultos jóvenes con nuevo vigor en la Iglesia universal, el Papa Juan Pablo II desató algo nuevo, impensable en 1984, cuando lanzó su atrevido plan pastoral.

Pero es importante saber que el Papa Juan Pablo II no inventó las Jornadas Mundiales de la Juventud, sino que éstas nacieron en el corazón de un joven sacerdote polaco llamado Karol Wojtyla, quien desde el inicio de su ministerio sacerdotal hizo un lugar especial para los jóvenes en su vida. Su ejemplo es claro para todos nosotros si queremos llegar a los jóvenes. Debemos dejar un lugar para ellos en nuestro corazón y ministerio desde el principio.

Las experiencias de las Jornadas Mundiales de la Juventud en años recientes han llevado vida nueva a cada uno de los países donde se han celebrado estos grandes eventos. Una de las metas importantes de la Jornada Mundial de la Juventud es infundir esperanza y vitalidad a la Iglesia, a diferencia del cinismo, la desesperación y el sinsentido que prevalecen en el mundo actual. El Papa Juan Pablo II sabía bien que el mundo en que vivimos ofrece fragmentación, soledad, enajenación y una globalización rampante que explota a los pobres.

Para prepararme para la Jornada Mundial de la Juventud en Canadá, leí “La vida después de Dios”, una colección de cuentos publicada en 1994 por el autor canadiense Douglas Coupland. Los cuentos giran en torno al tema de una generación educada sin religión. En la sobrecubierta del libro se leía esta frase: “Ustedes son la primera generación educada sin religión.” Copié una cita de ese libro y lo tuve en mi escritorio durante toda la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud 2002. Coupland escribió:

“Y ahora éste es mi secreto; se los digo con una sinceridad de corazón que no creo volver a lograr, así que espero que estén en una habitación tranquila cuando escuchen estas palabras. Mi secreto es que necesito a Dios, que me siento harto y que ya no puedo lograrlo solo. Necesito que Dios me ayude a dar, porque ya no me siento capaz de dar; que me ayude a ser amable, porque ya no me siento capaz de amabilidad; que me ayude a amar porque parece que ya estoy más allá de la capacidad de amar.”

Estas palabras me recordaban todos los días la generación a la que tratábamos de llegar y servir por medio de la Jornada Mundial de la Juventud 2002. Entonces, ¿qué nos han enseñado la alegría, la exuberancia y la creatividad que rodearon la Jornada Mundial de la Juventud, y cómo han transformado el ministerio de los jóvenes y los adultos jóvenes en la Iglesia de Canadá? ¿Cómo hemos iniciado una “opción preferencial” para los jóvenes en la iglesia actual? ¿Cómo podemos dar el sabor del

Evangelio y la luz de Cristo al mundo de hoy? Trataré de responder a estas preguntas a partir de nuestra experiencia en Canadá con una serie de diez puntos que he formulado durante los pasados nueve años de “La vida después de la Jornada Mundial de la Juventud 2002.”

1. El tema bíblico de Juan Pablo II para la JMJ 2002 fue providencial y sumamente apropiado para nuestra sociedad canadiense y un mundo impregnado de mediocridad y oscuridad. “Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 13-14). La brillante elección del Papa Benedicto XVI “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos.”(Hechos 1, 8) permitió que los jóvenes del mundo encontraran o quizás redescubrieran el Espíritu Santo en su vida y en la vida de la Iglesia. Las enseñanzas de Benedicto XVI sobre el Espíritu Santo en Sydney fueron absolutamente brillantes.

Durante las Jornadas Mundiales de la Juventud, los obispos y cardenales actúan como maestros y catequistas. Miles de jóvenes se reúnen en torno a ellos para escuchar las reflexiones basadas en la Palabra de Dios, y en especial sobre el tema del evento. Este novedoso invento ha cobrado vida propia, convirtiéndose en parte intrínseca de las celebraciones. Cuántas veces se evocó esto en el último Sínodo de obispos en Roma, que se centró en “La Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia”. Las sesiones de catequesis sobre el Evangelio no solo se han convertido en un encuentro único entre generaciones, sino también en una oportunidad para proclamar y predicar la Palabra de Dios entre las culturas, ofreciendo a los jóvenes posibilidades concretas para vivir una vida con raíces bíblicas.

¿Cómo podemos basarnos en los temas bíblicos de las Jornadas Mundiales de la Juventud, profundizarlos y penetrar en el corazón del ministerio pastoral con los jóvenes de nuestro país? ¿La Biblia desempeña un papel significativo en nuestro ministerio con los jóvenes? ¿Qué historias e imágenes bíblicas animan nuestros programas pastorales con los jóvenes? ¿Con cuánta frecuencia hemos acudido a otras fuentes para encontrar “temas”, “ideas”, “rellenos” para trabajar con los jóvenes, en lugar de obtener nuestra inspiración más profunda de las historias bíblicas, en lenguaje bíblico, los temas bíblicos, que no puede ofrecer ninguna agencia de consulta, jerga de moda o tendencia pasajera?

2. Las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrecen celebraciones devotas de la Eucaristía, y oportunidades para experimentar al Señor de la Eucaristía en momentos de tranquila oración, adoración, culto comunal e individual. Las liturgias de la Jornada Mundial de la Juventud se preparan y planean con gran diligencia, cuidado, precisión y enorme belleza. Por medio de esos momentos, se ofrece a los jóvenes momentos privilegiados de encuentro con Jesucristo mismo. Estos momentos están realzados por una cuidadosa selección de música litúrgica que no compite con el mundo del teatro, el espectáculo y el estruendo de ruido y vacío que los rodea. Sin embargo, ¿qué hacemos cuando los jóvenes que han experimentado esos momentos tan impresionantes “bajan de la montaña” y vuelven a la comunidad de nuestra parroquia?

3. Durante la JMJ 2002 en Toronto, más de 100,000 jóvenes celebraron el Sacramento de la Reconciliación. Lo mismo sucedió en Sydney. Continuará en Madrid en agosto. Por medio de este sacramento, Cristo nos permite encontrarnos con él y saca lo mejor de nosotros. En nuestro trabajo pastoral con los jóvenes, ¿les presentamos este sacramento como un encuentro privilegiado con Cristo que nos cura, nos perdona y nos libera?

4. Las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrecen a la Iglesia momentos para profundizar nuestra piedad y devoción cristianas. En Canadá durante 2001-2002, la histórica peregrinación de la Cruz de la JMJ y las poderosas representaciones de las Estaciones de la Cruz fueron testimonios provocativos y profundos de la historia cristiana que se encuentra en el corazón de la ciudad moderna. Junto con muchos otros, yo estoy convencido de que si, por alguna razón, hubiera sido necesario cancelar el evento de la Jornada Mundial de la Juventud en sí a causa de los resultados del 11 de septiembre, la peregrinación de la Cruz ya había hecho milagros en nuestro vasto país y había unido a la Iglesia en una forma que nada había logrado anteriormente.

La presentación de las Estaciones de la Cruz tanto en Toronto como en Sydney fue un espectáculo para el mundo. Un año después de la Jornada Mundial de la Juventud 2002, el alcalde judío de la ciudad de Toronto, siempre tan pintoresco y algo cómico, llamó a una conferencia de prensa para anunciar que ya no buscaría un puesto público tras 43 años de servicio público. En esa memorable reunión ante hordas de periodistas, el Alcalde Lastman tenía a un lado a su rabino y del otro a mí, a quien llamó públicamente “mi sacerdote”. En su discurso de adiós a la multitud, dijo “El momento culminante de mi carrera política fue un viernes por la noche en julio pasado, en la avenida principal del centro de Toronto, durante el desfile de Jesús (Nunca atinó a decir las palabras “Estaciones de la Cruz”). Luego el Alcalde dijo a la asamblea: “Ésa fue la noche en que Dios hizo suya la ciudad.”

¿Continuamos actualmente estas tradiciones de piedad y devoción públicas en las parroquias, comunidades y actividades juveniles? ¿Irán ustedes en contra de la tendencia general y reconocerán la necesidad de una piedad y devoción sólidas, con raíces bíblicas, en la vida de los jóvenes de hoy?

5. Durante su pontificado, Juan Pablo II proclamó a 1,338 Beatos y 482 Santos. Los jóvenes necesitan héroes y heroínas de hoy, y el Papa nos dio extraordinarios modelos de santidad y humanidad. Nueve jóvenes beatos y santos fueron patronos de la JMJ 2002; varios más fueron patronos para la JMJ 2005. El Papa Benedicto XVI habló ante la gran asamblea de más de un millón de jóvenes reunidos en oración en Marienfeld “Los santos, como hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo”. ¿La enseñanza de los Beatos y de los Santos forma parte integral de su catequesis, evangelización y formación de los jóvenes? En un mundo que busca desesperadamente héroes y heroínas, ¿cuántas veces les presentamos a los Beatos y los Santos como verdaderos modelos para los jóvenes de hoy?

6. Una de las contribuciones más significativas de la Jornada Mundial de la juventud 2002 a la Iglesia universal y a la juventud del mundo fue el exitoso Pabellón de las Vocaciones en la Plaza Exhibición. El personal de seguridad nos informó que entre 50 y 55,000 jóvenes visitaron este pabellón cada día durante la semana de la Jornada Mundial de la Juventud 2002. Sydney aprovechó esta tradición estableciendo un excelente Centro de Vocaciones en la Jornada Mundial de la Juventud 2008. El fenómeno de las Jornadas Mundiales de la Juventud se ha convertido en un rico semillero para las vocaciones al sacerdocio, la vida consagrada y los ministerios eclesiásticos laicos. Ya sea porque los que ya han percibido un llamado eligen asistir a las Jornadas Mundiales de la Juventud por su sólida vida de fe, o porque la Jornada Mundial de la Juventud despierta a los jóvenes adultos por primera vez al llamado especial de Dios, la Jornada Mundial de la juventud puede ser un momento de discernimiento que transforma la vida.

La Cosecha de Vocaciones de la Jornada Mundial de la Juventud está en proceso en el mundo entero. No es un proceso instantáneo, como bien lo sabemos. Sin embargo, las semillas fueron sembradas generosamente en cada Jornada Mundial de la Juventud. Debemos sembrar con generosidad, esperanza y amor. Otros las regarán. El Señor recogerá la cosecha.

He recibido numerosas cartas y testimonios de jóvenes que dicen estar convencidos que su vocación nació en las grandes ceremonias de vigilia con Juan Pablo II, durante el Sacramento de la Reconciliación en las Jornadas Mundiales de la Juventud y en medio de las sesiones de catequesis. Toda una generación de jóvenes reconoce que las experiencias de la Jornada Mundial de la Juventud fueron críticas para su proceso de discernimiento. Al trabajar con adultos jóvenes católicos, tenemos la responsabilidad y la obligación de plantear el tema de las vocaciones al sacerdocio, la vida religiosa y el ministerio laico de manera abierta, con convicción, sensibilidad pastoral y sentido común.

¿Qué han hecho nuestras estrategias de vocación sobre estas importantes cuestiones que surgen de las experiencias internacionales de las Jornadas Mundiales de la Juventud? ¿Con cuánta frecuencia planteamos la cuestión de la vocación con los jóvenes que regresan de las Jornadas Mundiales de la Juventud?

7. Quisiera referirme a este punto como algo que “supera la crisis de ideologías” que ha asediado mi generación y varias otras. Las tensiones excesivas provocadas por la política eclesiástica, los problemas de género, las prácticas litúrgicas, el lenguaje, las falsas interpretaciones del Concilio Vaticano Segundo, todos estos aspectos influyen sobre los candidatos actuales al ministerio ordenado, la vida religiosa y la participación pastoral en la Iglesia.

Las quejas, el descontento, el cinismo, el cansancio, las prácticas de etiquetar y encasillar equivocadamente a los demás, la falta de caridad y esperanza de mi generación y las generaciones anteriores alcanzan un nivel febril y no nos permiten ver a una nueva generación de jóvenes que podrían tomar mucho más en serio la Iglesia, Dios y el discipulado de Cristo que nosotros. Muchas personas de mi generación se niegan a aceptar este hecho.

La gran tragedia contemporánea es que muchas personas en posiciones de liderazgo en la Iglesia, la vida religiosa y el ministerio pastoral “profesional” no están en contacto con la generación más joven. Con declaraciones indiscriminadas a menudo repletas de jerigonza psicológica o sociológica, varios líderes religiosos, directores de vocaciones, capellanes y ministros pastorales laicos sencillamente descartan a los jóvenes de hoy, diciendo que son neoconservadores, derechistas, evangélicos disfuncionales eclesiásticos, ciegos, doctrinales, puritanos, teológicamente iletrados, o incluso fanáticos papales, etc. El nuevo invento es la frase que se oye a menudo “Fulano de tal es un sacerdote o un ministro de la juventud de Juan Pablo II y no una persona del Vaticano II” ¡Como si Juan Pablo II no hubiera sido influido por el Concilio Vaticano II!

8. El Papa Juan Pablo II imbuyó en la nueva generación la dignidad y el carácter sagrado de la vida humana, desde sus primeros momentos hasta los últimos. La vida es una aventura extraordinaria, un don de Dios que debe valorarse, atesorarse y protegerse. ¿Es de sorprenderse que tantos cientos de miles de jóvenes se consideren explícitamente provida, mientras que sus padres son tan volubles y tan poco comprometidos con las cuestiones de la vida y la muerte? En la “Cultura de la Vida” de Juan Pablo II debemos dejar lugar para el extranjero y el desamparado. Debemos consolar y cuidar al enfermo y al moribundo. Debemos ocuparnos de los ancianos y los abandonados. Debemos acoger al inmigrante. Debemos defender a los niños inocentes que van a nacer.

9. El Papa Juan Pablo II nos ayudó a darnos cuenta de que la iglesia se está muriendo en lugares políticamente correctos donde el Evangelio se predica solo como una opción de estilo de vida en un supermercado global de espiritualidades sin la obligación de pertenecer a una iglesia. La Iglesia prospera donde se predica plenamente el Evangelio con claridad, caridad, piedad y devoción, con toda su integridad. Juan Pablo II dijo a los jóvenes que existen buenas razones para llamar a la verdad de la Cruz la Buena Nueva. Los jóvenes se han tomado en serio estas palabras y han llevado la Cruz por el mundo durante los últimos veinte años. No son solo dos vigas de madera, sino el mensaje de la Cruz y su poder salvador. En Canadá no es probable que olvidemos las poderosas imágenes de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, una peregrinación de 16 meses y 43,000 km de un océano a otro. El Papa confió esta cruz a los jóvenes. La han transportado triunfalmente por toda la tierra, casi como una antorcha olímpica.

10. El Papa Juan Pablo II nos enseñó que la aventura de la ortodoxia – el reto de la fidelidad, la integridad, la autenticidad y la solidaridad – es lo que atrae a los jóvenes actualmente. Los jóvenes no quieren vivir en la superficie. En un mundo que constantemente halaga a los jóvenes, una Iglesia que representa un reto, que combina la verdad con la caridad y el cuidado pastoral, es una propuesta muy atractiva. ¿Cuántas veces habló Juan Pablo II a los jóvenes para recordarles que la familia es el lugar privilegiado para la humanización de la persona y de la sociedad, y que el futuro del mundo y de la Iglesia pasa por ella?

La Jornada Mundial de la Juventud no pertenece a un solo Papa

En sus palabras en la Misa de clausura para agradecer al Papa Benedicto XVI, el Cardenal de Sydney George Pell dijo que la Jornada Mundial de la Juventud actúa como antídoto para las imágenes de un catolicismo en decadencia o destrozado por la controversia. “Muestra la Iglesia como realmente es, viva con energía evangélica”. El Cardenal australiano, George Pell, concluyó sus palabras al Papa Benedicto XVI en Randwick Race Course con estas palabras proféticas:

“Su Santidad, las Jornadas Mundiales de la Juventud fueron un invento del Papa Juan Pablo el Grande. La Jornada Mundial de la Juventud de Colonia ya había sido anunciada antes de que lo eligieran a Usted. Usted decidió seguir con las Jornadas Mundiales de la Juventud y decidió celebrar ésta en Sydney. Le estamos profundamente agradecidos por esta decisión, que indica que las Jornadas Mundiales de la Juventud no pertenecen a un solo papa, ni siquiera a una sola generación, sino que forman parte de la vida de la Iglesia. La generación de Juan Pablo II – jóvenes y viejos – se siente orgullosa de ser hijos e hijas del Papa Benedicto.”

El Cardenal Pell “le dio en el clavo”, como diríamos. Me sentí muy conmovido cuando escuché estas palabras esa mañana en Randwick. Antes de que se duerma esta noche, lo invito a que se arrodille y recite una oración de agradecimiento por el Cardenal Pell, el Obispo Anthony Fisher, el Arzobispo Wilson y sus obispos que creyeron de todo corazón en la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney. Lo arriesgaron todo para este bendito evento. Lo apoyaron, así como a los jóvenes que lo organizaron. Este apoyo no se da en otras partes del mundo y nunca se debe dar por hecho.

Conclusión

Podemos elegir hablar de nuestra Jornada Mundial de la Juventud como algo del pasado, que iluminó las sombras y la monotonía de nuestra vida en un brillante momento de la historia. Algunos quisieran llamar a esos días dorados momentos de “Camelot”. Ésta es una forma de considerar la JMJ: un recuerdo que se va atenuando de unos momentos extraordinarios y triunfales de la historia.

Pero existe otra forma de verlo: la del Evangelio. La historia del Evangelio no es sobre “Camelot”, sino sobre el “Magnificat”, que invita constantemente a los cristianos a retomar el himno de alabanza y agradecimiento de María por las formas en que el Todopoderoso interviene en la historia humana de vez en cuando. Esta forma no está solo nutrida por recuerdos, por buenos y hermosos que puedan ser. La resurrección de Jesucristo no es un recuerdo de un pasado distante en el pasado, sino que es la Buena Nueva que sigue cumpliéndose actualmente, aquí y ahora. La historia cristiana no es ni folclor ni nostalgia, sino un viaje por el camino de la iglesia.

Mientras seguimos disfrutando la gloriosa luz de cada uno de los eventos de la JMJ, debemos ser honestos y admitir que las Jornadas Mundiales de la Juventud no son ninguna panacea ni una forma rápida de resolver los problemas y retos de nuestra época, o los retos al que se enfrenta la Iglesia actualmente cuando tratamos de llegar a las generaciones más jóvenes. En lugar de ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrecen un nuevo marco y nuevas lentes para ver a la Iglesia y al mundo, y construir nuestro futuro común. Una cosa queda clara: nadie puede salir de una Jornada Mundial de la Juventud pensando que es posible dividir en compartimentos la fe, ni reducirla a unas cuantas reglas y reglamentos o la celebración del domingo.

Comencé con las palabras edificantes y evocadoras que el Papa Pablo VI dirigió a los jóvenes del mundo al clausurar el Concilio Vaticano Segundo en 1965. Permítanme concluir con las palabras de otro gran líder de la Iglesia, el Cardenal norteamericano James Francis Stafford, quien sirvió como Presidente del Concilio Pontificio para el Laicado y como tal supervisó las Jornadas Mundiales de la juventud en París, Roma y Toronto.

No pueda dejar de recordar las emocionantes palabras del Cardenal Stafford a las multitudes de jóvenes reunidos en la Plaza de San Pedro y calles aledañas durante las ceremonias de inauguración de la Jornada Mundial de la Juventud del Jubileo, que fue un tanto apocalíptica, el 15 de agosto de 2000. Dirigiéndose a un Papa Juan Pablo II ya anciano y visiblemente conmovido, el Cardenal Stafford dijo:

“¡Santo Padre! Estos jóvenes han venido como peregrinos de 157 naciones… Todos han venido a la Ciudad eterna por invitación suya. Desean estar con Usted, su Santo Padre y sucesor de San Pedro, y escucharlo proclamar una vez más “Queridos jóvenes, ¡no teman! ¡Jesús ha resucitado! Somos un solo cuerpo en Cristo.”

Hasta hace poco, era un presagio inquietante cuando miles de jóvenes se desplazaban para cruzar las fronteras nacionales. Los ciudadanos temblaban de miedo y cerraban sus puertas a piedra y lodo. Para esos anfitriones, los hombres jóvenes significaban ejércitos en guerra, instrumentos de destrucción, plagas y oscuridad.

Por su iniciativa, Santo Padre, estos hombres y mujeres jóvenes de Europa y el mundo entero han formado un ejército de otro tipo… Santo Padre, Usted vio claramente que estos jóvenes son una generación del Concilio Vaticano Segundo. Están en “peregrinación del Señor” (LG 6). Reflejan la belleza que visualizaron Usted y los Padres del Concilio. Esa belleza, aún incompleta pero siempre orientada hacia la plenitud, se encuentra al entretejer varias paradojas de libertad y obediencia, de fe y cultura, de eros –gozo apasionado de vivir – y ascetismo.

Santo padre, cuando Usted entró a las sesiones del Concilio en la década de 1960 para expresar una vez más el misterio de la Iglesia siempre joven, experimentó el abrazo de esas grandes columnas muchas veces. Hoy rezamos para que su felicidad sea plena. Para estas jóvenes multitudes, ahora entre los brazos de San Pedro también, son testimonios vivos de la esperanza del Concilio y la suya.”